En Cuba, todo —absolutamente todo— tiene que ver con política. Incluso un certamen de belleza, que en cualquier otro país sería un simple concurso cultural o social, se convierte en un campo de batalla ideológico.
El año pasado ya había ocurrido un hecho sin precedentes: por primera vez en más de medio siglo, una cubana fue elegida para representar a la isla en el Miss Universo. Aquella elección abrió una puerta simbólica que parecía cerrada desde que Fidel Castro prohibiera estos certámenes en la década de 1960. Ahora, con Lina Luaces, es la segunda vez consecutiva que se celebra un concurso de Miss Cuba fuera del control del régimen, confirmando que el exilio ha recuperado para las mujeres cubanas un espacio que la dictadura les arrebató por décadas.

El dictador Fidel Castro prohibió en la isla este tipo de eventos hace más de medio siglo, argumentando que eran superficiales y “contrarios a la moral socialista”. Desde entonces, las mujeres cubanas han sido privadas del derecho a participar en certámenes de belleza de manera libre y privada, negándoles la posibilidad de decidir por sí mismas y de mostrar su talento en escenarios internacionales.
Hoy, cuando Lina Luaces, hija de Lili Estefan, es elegida como Miss Universo Cuba 2025, el oficialismo no tardó en lanzar críticas desde sus periódicos. Alegan que ella “no nació en Cuba”, que “no habla bien español” o que “no conoce Santiago de Cuba”. Pero ese argumento es frágil, porque la verdadera razón de su incomodidad es otra: este concurso nació fuera del control del régimen, en el exilio, y se convirtió en un espacio de libertad que ellos nunca permitirían dentro de la isla.
El oficialismo cubano critica todo, pero al mismo tiempo viola lo mismo que critica. No puede hablar de “legitimidad” ni de “identidad nacional” cuando durante décadas ha negado a las propias cubanas la oportunidad de competir. No puede decir que Lina “no representa a Cuba” cuando es el mismo régimen el que le arrebató esa oportunidad a millones de mujeres que sí nacieron en la isla, pero que nunca pudieron aspirar a una corona porque el castrismo lo prohibió.
Si todo en Cuba tiene que ver con política, es porque así lo decidió la dictadura: hasta la belleza, el arte, la música o el deporte tienen que pasar por el filtro de la ideología. Y quien diga que no, está condenado a su suerte.
La elección de Lina Luaces no es solo una corona; es un acto de reivindicación. Es la muestra de que el exilio cubano sigue levantando la voz y creando espacios que dentro de la isla están prohibidos. Y es también un recordatorio incómodo para la dictadura: mientras ellos prohíben, otros hacen. Mientras ellos callan, otros brillan.

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