Para nadie es un secreto que los 32 cubanos que formaban parte del anillo de seguridad de Nicolás Maduro eran un mecanismo directo de injerencia de la dictadura cubana en Venezuela. No estaban allí por casualidad. Eran parte de los aliados más fieles del narcodictador, al servicio de un régimen criminal.

La Habana mantenía negocios oscuros y corruptos con Caracas. El petróleo venezolano, sancionado internacionalmente, era revendido por la dictadura cubana, generando ganancias millonarias para la cúpula del poder.
Mientras tanto, el pueblo cubano sufría apagones, miseria y necesidad.
Una vez más, el patrón se repite:el comunismo empobrece a los pueblos y enriquece a sus líderes.
Hoy se pretende llamar “héroes” a esos 32 cubanos.
Y aunque el dolor de las familias es real y respetable, no es cierto que deban ser considerados héroes.
Estaban allí porque quisieron, porque sabían a quién defendían y porque aceptaron servir a un narcoterrorista.
No fueron enviados engañados.
No fueron obligados.
Fueron parte consciente del engranaje represivo.
El resultado es claro:
Todo terminó para Maduro.
Todo terminó para La Habana y su negocio petrolero ilícito.
Y los únicos que murieron fueron ellos.
Miguel Díaz-Canel, desde su mansión, quizá esté preocupado.
Maduro, por su parte, espera sentencia.
Y esos 32 cubanos, por acatar órdenes de una dictadura criminal, perecieron defendiendo un régimen que nunca defendió al pueblo

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