
Hay imágenes que explican un país mejor que cualquier discurso.
Una de ellas se repite cada noche en La Habana.
Familias enteras llegan al Malecón con almohadas, sábanas, colchonetas o simplemente con la esperanza de encontrar una brisa que les permita dormir unas horas.
No están allí porque sea un plan de verano.
No están allí porque quieran pasar una noche diferente.
Están allí porque dentro de sus casas el calor y los apagones hacen casi imposible descansar.
El Malecón siempre ha sido uno de los lugares más emblemáticos de Cuba.
Ha sido escenario de encuentros, conversaciones, celebraciones y despedidas.
Pero hoy, para muchas personas, también se ha convertido en un refugio.
Un refugio improvisado frente a una realidad que parece no dar tregua.
Dormir al aire libre no debería convertirse en una necesidad.
Sin embargo, cuando la electricidad desaparece durante horas y las temperaturas siguen subiendo, muchas familias sienten que no tienen otra alternativa.
Y esa imagen dice mucho más que cualquier estadística.
No habla únicamente de una crisis energética.
Habla del impacto que esa crisis tiene sobre la vida cotidiana.
Sobre el descanso.
Sobre los niños que al día siguiente deben ir a la escuela.
Sobre los adultos que tienen que levantarse temprano para trabajar después de una noche casi sin dormir.
Y sobre los ancianos, para quienes el calor extremo puede convertirse en un riesgo para su salud.
A veces pensamos en los apagones solo como la ausencia de electricidad.
Pero sus consecuencias llegan mucho más lejos.
Afectan la alimentación cuando los refrigeradores dejan de funcionar.
Complican el acceso al agua.
Interrumpen pequeños negocios.
Dificultan la atención médica.
Y alteran algo tan básico como poder dormir.
Quizá lo más preocupante es que escenas como esta empiezan a parecer normales.
Y cuando una sociedad se acostumbra a lo que nunca debería ser normal, el problema deja de ser únicamente técnico.
Se convierte en un problema humano.
Porque nadie debería tener que elegir entre soportar una noche insoportable dentro de su casa o buscar un poco de aire en un muro frente al mar.

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